Ennio Morricone, el bueno, el magno y el, ahora, eterno

El célebre compositor italiano, quien falleció hoy a los 91 años, deja atrás un legado que trasciende la música cinematográfica.

Son casi las 3:00 de la madrugada del lunes, 6 de julio de 2020. Escaneo las redes sociales antes de acostarme a dormir (maldita malacostumbre), cuando en mi “timeline” aparece un tuit:

“È morto Ennio Morricone, aveva 91 anni”.

No necesito parlare italiano para entenderlo inmediatamente.

En cuestión de segundos, la pantalla del celular se llena de la misma historia -en inglés, español y otros idiomas- con mensajes de recordación, celebración y agradecimiento, así como de un desfile de enlaces para escuchar muchas de las más sublimes piezas musicales jamás compuestas.  Procedo a buscar una imagen para acompañar el típico tuit pendejo que pendejamente procedo a escribir -mientras apenas comienzo a asimilar la noticia- tratando futilmente de resumir en 140 caracteres lo que la obra de este señor italiano, al que jamás conocí, significa para mí. Elijo mi propio enlace: Gabriel’s Oboe. Antes de compartirlo, lo escucho en silencio con los ojos cerrados y los audífonos puestos para no despertar a mi esposa. Los párpados fracasan en su intento por contener las lágrimas. La banda sonora de The Mission nunca falla en conmoverme, pero hoy me resulta particularmente emotiva, por razones obvias. Si por mí fuera, estaría sonando The Ecstasy of Gold a todo volumen en la sala de la casa, pero ya van a ser las 4:00 de la madrugada. El sueño me abandonó, llevo rato leyendo obituarios previamente escritos, reacciones espontáneas y escuchando decenas de pistas, y dudo que los vecinos vayan a apreciar la emocionante voz de Edda Dell’Orso a estas horas, por más extraordinaria que sea.

Finalmente logro dormirme y al poco rato despierto en un mundo sin Ennio Morricone, el célebre compositor con más de 500 créditos a su nombre, quien falleció hoy en su natal Italia a los 91 años, tras complicaciones de salud a raíz de una caída reciente. Noventa y un años no son poca cosa. Más de la mitad de ellos se los dedicó a su arte, a través del cual era capaz de convertir una película mediocre en buena y una grandiosa en legendaria. Nacido en Roma, en 1928 -hijo de Libera Ridolfi y un trompetista, casualmente, tocayo mío- Morricone asistió a la misma escuela primaria que el director Sergio Leone, y en 1964, estos compañeros de la infancia conjugaron una nueva fórmula de esa mágica fusión entre las imágenes y la música que solo se manifiesta en el séptimo arte. De ahí nació su primera colaboración profesional: A Fistful of Dollars, el primer capítulo del llamado “Dollars Trilogy”, que transformaría el género del western.

Limitaciones presupuestarias le impidieron al maestro contar con una orquesta sinfónica completa, pero gracias a esta barrera produjo una partitura como ninguna otra escuchada hasta ese entonces. Integrando disparos, látigos, campanas, silbidos e imitaciones de sonidos animales a su pentagrama, las melodías que salieron de ahí redefinieron el concepto que se tenía de “épica”. Si Leone fue el padre del spaghetti western, la música de Morricone fue la que lo bautizó y consumó su identidad. Usted no tiene que haber visto The Good, The Bad and The Ugly para saber cuáles notas entonar cuando quiere transmitir la idea de un filme de vaqueros: “¡ah AH ah AH aaaaahhh! wa wa waaaaa”. Estas son tan parte del imaginario colectivo como el “tun tun, tun tun, tun tun” de Jaws para indicar “peligro”.

La primera pieza que recuerdo haber escuchado de Morricone fue precisamente de esta banda sonora: The Ecstasy of Gold, tocada durante clímax de ese clásico largometraje protagonizado por Clint Eastwood, pero que yo conocí a los 11 años a través de Metallica, que aún la usa como preámbulo a su salida a las tarimas. Porque si vas a hacer un acto de entrada, pocas canciones cumplen mejor con ese propósito. La música de este primer periodo de la prolífica carrera de Morricone posee un poder primitivo y terrenal, capaz de evocar leyendas del lejano oeste con sus gritos salvajes y estruendosos cañonazos, de elevar la tensión a niveles insostenibles con solo golpear una cuerda de la guitarra eléctrica o soplar una solitaria armónica cuya disonante melodía denota una insaciable sed de venganza en Once Upon a Time In the West. Su versatilidad musical no conoció límites y no tardó en trascender el mundo de los legendarios pistoleros, componiendo bandas sonoras para más de 300 largometrajes. No hubo un género dentro del que no trabajara, desde dramas políticos como The Battle of Algiers -del director Gillo Pontecorvo- hasta el horror y los giallos italianos de Dario Argento, entre otros cineastas.

Durante la década del 80, creó tres de mis temas favoritos: Deborah, de Once Upon a Time in America, el último filme de Leone; Love Theme, de Cinema Paradiso; y la mencionada Gabriel’s Oboe, de The Mission, cuál de los tres más celestiales. De existir un paraíso, me gustaría pensar que te reciben con la gloriosa On Earth As It Is In Heaven. De la misma forma que las mayores luminarias de la música clásica compusieron misas, conciertos y arreglos corales para ser tocados en iglesias, Morricone compuso cientos y cientos de trabajos para otro templo, uno menos solemne, pero igual de digno de que reverberen en sus paredes algunas de las piezas más hermosas jamás concebidas, y no solo para este medio artístico.

Hay tantas joyas que se me escapan, pero tres merecen mención antes de terminar. La primera es Days of Heaven, la cual resultó ser tan maravillosa que ni el mismísimo director Terrence Malick -notorio por solicitar bandas sonoras de grandes compositores y, al final, no usarlas- se atrevió a prescindir de ella. La segunda es The Untouchables. En pocas palabras, simplemente, -y me disculpan- porque está muy cabrona, pero también porque durante mucho tiempo parecería que la partitura de esta película de Brian De Palma sería su última obra maestra. Al menos hasta el 2015, cuando finalmente, tras apenas seis nominaciones en 36 años, ganó su primer Oscar por The Hateful Eight, de Quentin Tarantino, su gran admirador que se encargó de mantener a Morricone vigente en la cultura popular a través de la reutilización de su música en sus películas.

Son las 2:34 de la tarde y aquí estoy frente al monitor, leyendo y releyendo estas palabras, tratando de hacerle justicia -sin las limitaciones de 140 caracteres- al legado de esta eminencia mientras escucho su trabajo, el mismo que acostumbra a acompañarme cuando aparece aleatoriamente en el playlist de bandas sonoras que pongo a sonar cada vez que me siento a escribir. No sé si lo logré. Tampoco lo considero posible ni mucho menos que a alguien le haga falta leerlo, pero yo necesitaba escribir esto. Por respeto, por admiración y por el éxtasis que me provoca y continuará provocando su obra. Y, quién sabe, quizás sea cierto, y algún día me recibirán con ella, y nunca tendré que dejar de escucharla.

Posted by Mario Alegre Femenías

Nacido en Puerto Rico y criado en el cine, Mario Alegre Femenías se desempeña como crítico de cine desde el 2003. Sus héroes cinematográficos incluyen a David Lynch, Akira Kurosawa, Studio Ghibli y Mr. Miyagi. En su tiempo libre disfruta de los juegos de mesa, los videojuegos y educar a sus hijos "on the ways of the Force".

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