Las mejores películas del 2021

El cine, como espacio, estará en crisis pero, como medio artístico, continúa produciendo maravillas.

Para las afortunadas personas que no están sumergidas en la burbuja de social media conocida como #FilmTwitter, sepan que las pasada semanas, específicamente tras el éxito de Spider-Man: No Way Home, han estado colmadas de discordia (¿discordia? ¿¿en Twitter??), desde Marvel Vs. Scorsese -la insufrible pugna que se rehúsa a morir, ahora en su enésima edición-, hasta la clásica declaración del “DEATH OF CINEMA”. Y mientras bien es cierto que el cine, como espacio comunal, atraviesa tiempos difíciles, como medio no podría estar más vigoroso. Me cuesta comprender cómo alguien pudiera observar la gran cantidad de filmes tan variados y únicos que estrenaron este año y genuinamente creer que el arte cinematográfico está moribundo. Los cines y los estudios estarán en aprietos, víctimas de su propia miopía, avaricia y una muerte cerebral creativa, impulsada por el claro dominio de un solo estudio que continúa desplazando de la cartelera al resto de las producciones que no están basadas en propiedades intelectuales mundialmente populares, pero lo cierto es que no hubo escasez de grandes estrenos durante los pasados 12 meses, grandes tanto en escala como en ambición.

Admito que esta perspectiva parte de una posición privilegiada, a raíz del acceso que este oficio me concede a festivales y otras plataformas que no son accesibles para todo cinéfilo, pero tarde o temprano todas las películas que desfilan por estos espacios terminan disponibles para el público general. Lo difícil, quizás, es encontrarlas, especialmente en estos tiempos cuando los cines -cuyos dueños contribuyen a la excavación de sus propias tumbas al depender casi exclusivamente de las ganancias de un puñado de blockbusters cada vez más escasos para subsistir- se casan con estas mega producciones mientras ignoran decenas de otros trabajos fenomenales. De la treintena de largometrajes mencionados en este escrito, apenas una tercera parte estrenó localmente, y de estos, solo alcancé a ver cinco proyectados en una pantalla. El resto los vi en la comodidad de mi casa, así que, si a los cines verdaderamente les interesa reconquistar a los cientos de miles de clientes que han perdido en los pasados años, quizás deberían comenzar por ofrecer variedad. De lo contrario, el futuro los verá convertidos en estadios a los que la mayoría de la gente solo acudirá a ver dos o tres eventos al año.

La exhibición y distribución del cine, sin duda, continuará cambiando durante la próxima década en lo que se establece un nuevo paradigma, algo que ya se avecinaba y que la pandemia simplemente aceleró, pero la capacidad del medio producir maravillas permanecerá intacta. Lo que sí considero valiosísimo para la perennidad de este y todos los tipos de arte es que hablemos de él. Cordialmente, si es posible, sin que esto le reste pasión a los argumentos a favor ni en contra. Así que hablemos de las mejores películas del 2021. Hablemos de cómo las producciones de mediano presupuesto han encontrado un nuevo hogar en las plataformas de streaming en las que sobreviven gracias a los lanzamientos simultáneos teatrales y digitales. Al tope de la lista de los mejores exponentes de acción, tengo a Sentinel y Wrath of Man, protagonizados por Olga Kurylenko y Jason Statham, respectivamente, mientras que Kristen Wiig y Annie Mumolo se coronaron como las reinas de la comedia en la brillantemente absurda Barb and Star Go to Vista del Mar. Y en lo que respecta al horror, no habré visto tantísimos estrenos este año, pero dudo que encuentre uno más desquiciado e imborrable que Malignant, de James Wan, especialmente sus últimos 30 minutos.

Hablemos de los blockbusters, específicamente de Dune y The Matrix Resurrections, ambas producidas por el único de los grandes estudios (Warner Bros.) que aún apuesta a la ambición y respeta las visiones de sus cineastas, aun cuando no sean las apuestas más seguras en la taquilla. Denis Villeneuve dirigió una adaptación de ensueño del clásico literario de Frank Herbert, mientras que Lana Wachowski subvirtió audazmente las expectativas en torno a lo que se espera de todas estas secuelas, reboots y remakes que plagan el cine comercial, a través de un osado ejercicio de autoreflexión que analiza el legado de su obra de ciencia ficción con la misma introspección que lo hizo Hideaki Anno en la igualmente metatextual Evangelion 3.0+1.0: Thrice Upon a Time, también estrenada este año. Y, aunque aparentemente nadie lo vio, no olvidemos The Last Duel, de Ridley Scott, y cómo con su “rashomónica” estructura narrativa, tendió un puente entre la Francia medieval y el movimiento #MeToo para plasmar un choque de perspectivas que deja rotundamente claro quién carga con la verdad.

Hablemos de los documentales, de Flee y Summer of Soul, dos de los mejores estrenos que vi en la pasada edición del Festival de Sundance, el primero un conmovedor relato animado acerca del calvario de un refugiado homosexual afgano mientras intenta escapar de su patria, y el segundo -en el polo opuesto- una jubilosa celebración musical que corrige una gran injusticia: el que la filmación del Festival Cultural de Harlem de 1969 se haya mantenido inédita por los pasados 50 años. Igual de memorables encontré Val, el emotivo autorretrato del actor Val Kilmer, la más reciente épica documental del británico Adam Curtis, Can’t Get You Out of My Head, y The Spark Brothers, dirigido por Edgar Wright, quien me introdujo a la música de Sparks, de quienes volveré a hablar más adelante. Y, por último, The Rescue, acerca del intrépido rescate de 12 niños tailandeses que se quedaron atrapados en una cueva en el 2018 que, incluso conociendo el desenlace de ese hecho verídico, no le resta ni una pizca de tensión al filme.

Hablemos del cine internacional, de las luminarias del séptimo arte cuyas más recientes joyas vimos estrenadas en los pasados doce meses, de The Power of the Dog, de Jane Campion, y su soberbia deconstrucción tanto del western como de la masculinidad tóxica asociada a este; de Bergman Island, de Mia Hansen-Løve, y su hermosa carta de amor a la filmografía de Ingmar Bergman, así como al arte de la creación como tal; de la maravillosa One Second, de Zhang Yimou, acerca de un prófugo que se roba un rollo de película con la ilusión de ver proyectada a su hija, quien aparece en él por tan solo un segundo; de Wheel of Fortune and Fantasy, el estupendo tríptico femenino del japonés Ryusuke Hamaguchi, quien conquistó el cine mundial este año con dos celebradas producciones, y cuyo nombre volverá a parecer en este escrito; hablemos de la soledad y la ternura humana expuesta en Days, del maestro taiwanés Tsai Ming-liang, cuya ilustre filmografía descubrí en el pasado año para quedar enamorado de ella; de The Worst Person in the World, protagonizada por una de las mejores actrices noveles in the world, la noruega Renate Reinsve; de la fríamente desconcertante condena del fascismo y sus cómplices manifestada en la cinta argentina Azor, y del experto acto de malabarismo entre las risas y la tragedia logrado a lo largo de los 116 delirantes minutos de Riders of Justice, de Dinamarca.

Y, por favor, hablemos también de lo mejor del cine puertorriqueño, de trabajos tan singulares como Perfume de Gardenias, de la directora Macha Colón, y de la efusiva acogida que recibió Zack: Enfrentamiento Mortal, que no dudo se convertirá en un filme de culto, si es que ya no lo es. Repito, hay tantísimas razones para celebrar el cine, que no concibo cómo alguien pudiera atreverse a declarar su fallecimiento. La mayoría de los títulos anteriormente mencionados ocuparon en algún momento durante el año una de las posiciones dentro del Top 10. Que ahora no lo estén no le resta mérito alguno. Los que figuran a continuación son meramente los diez que escogí hoy, y ya el tiempo se encargará de dictar cuáles suben o bajan en la lista.

Hablemos, pues, de las diez mejores películas que vi en el 2021.


10. Beyond the Infinite Two Minutes

En -apenas- su ópera prima, el cineasta japonés Junta Yamaguchi nos recuerda que las películas de viajes en el tiempo no tienen por qué ser un rebuscado desbarajuste sin pies ni cabeza tamaño IMAX. *Toz*Tenet*Toz*. Christopher Nolan podría aprender dos o tres cosas de este simple y ultra efectivo filme que realiza una serie de ingeniosos viajes temporales sin necesidad de extensos parlamentos ni confusas explicaciones. A veces basta con una sola localización, reunir a un grupo de amigos con un iPhone como cámara y un humilde micrófono boom, y esmerarse por redactar un brillante libreto para producir magia cinematográfica.  


9. The Mitchells vs the Machines

Adoro esta cinta incondicionalmente y su protagonista, la acérrima cinéfila y aspirante a cineasta, Katie Mitchell, es mi personaje favorito del 2021, pero el resto de los integrantes de su singular familia no se quedan atrás. El fabuloso largometraje tiñe la pantalla de color y originalidad mediante la fusión de técnicas de animación, que van desde la hecha a mano hasta la computarizada, obteniendo lo mejor de múltiples estilos. Y debajo de todas sus virtudes artísticas, yace un tierno libreto acerca de esas monumentales transiciones que nos trastocan la vida y cómo transformamos en fortalezas lo que tildamos de “defectos”. Una chulería de película.


8. Annette

Lo más que me fascinó de este idiosincrático musical a cargo de Leos Carax y con música de Sparks, fue su absoluta falta de preocupación con ser agradable. Admiro sus asperezas. Las canciones resultan pegajosas, pero repetitivas y hasta disonantes, la trama romántica no podría ser más trillada y la monstruosa actuación de Adam Driver, quien da el máximo por ser despreciable, no podría ser más ácida. Y, aun así, acabé amándolo de principio a fin. Pudiera decirse que es un reguero de película, pero uno profundamente bizarro, sincero e incandescente, que me hizo sentir algo durante cada minuto de su duración. ¿Y de cuántas películas contemporáneas se puede decir algo semejante?


7. Bad Luck Banging or Loony Porn

La vida de una maestra de escuela elemental se vira patas arriba tras la filtración de su video sexual casero por Internet. Lo que sigue es una de las sátiras más sagaces que jamás se han hecho acerca de la hipocresía de la sociedad, las dobles varas, la charlatanería política y las contradicciones morales de la cultura contemporánea. Tal y como sugiere en su propio filme, el director rumano Rada Jude utiliza la pantalla como el mítico escudo de Atenas para reflejar los horrores del mundo desde una distancia segura. La película arranca con explícitas escenas sexuales no simuladas antes de sumergirnos en Bucarest en plena pandemia, para luego ejecutar un sardónico e hilarante ensayo cinematográfico inspirado en el cine de Godard y culminar con un juicio sacado del teatro de lo absurdo que acaba con el mejor “choose-your-own-ending” desde Clue. Ni en sus sueños más húmedos, Adam McKay podría escribir semejante farsa.


6. The Green Knight

El venerado director iraní Asghar Farhadi expresó una vez que, si las películas ofrecen todas las respuestas, las mismas empiezan y acaban dentro del cine. Por el contrario, si plantean preguntas, las películas comienzan cuando el espectador acaba de verlas. Partiendo de esta sabia reflexión, pudiera decirse que hay filmes que podrían durar para siempre, lo que a mí entender, le concede a esta magna épica medieval del director David Lowery el potencial de ser una pieza de arte tan inmortal como el legendario texto en el que se basa. A cinco meses de su estreno, el apabullante poder contenido en las increíbles imágenes que dotan este extraordinario largometraje aún me tienen cautivo de su hechizo, y las múltiples puertas que deja abiertas a la interpretación es lo que me mantendrá regresando a él.


5. Pig

Michael Sarnoski se lleva el premio al debut directoral del año con esta entrañable meditación que toma la típica trama de venganza, le extirpa el 99% de la violencia que suele acompañarla, y nos deja contemplando puramente el vacío tras la pérdida. Nicolas Cage nos obsequia otra monumental actuación que sirve de inverso a su igualmente memorable trabajo en Mandy, al interpretar a un hombre que pierde lo único que le quedaba en la vida y emprende un oscuro viaje que lo lleva a confrontar la raíz de toda la pena y el dolor que Cage expresa con todo su cuerpo. Como muy bien articuló el crítico de cine David Ehrlich en su excelente reseña, “La aceptación podrá ser la última etapa del duelo, pero es invariablemente la más extensa, también”.  


4. Mad God

Yo apenas tenía siete años cuando Phil Tippett -el legendario supervisor de efectos especiales que contribuyó a Star Wars, Robocop y Jurassic Park, entre otros clásicos- comenzó a filmar esta formidable obra maestra de pesadilla. Ahora tengo 41, y me resulta imposible concebir los niveles de paciencia, disciplina y perseverancia (y, sí, también algo de locura) necesarios para paulatinamente ir componiendo un trabajo de esta envergadura -mayormente a través de la técnica del stop-motion– por los pasados 30 años. Tippet transporta al espectador a los confines más oscuros de su imaginación mediante una dantesca odisea apocalíptica en la que descendemos a un decrépito mundo habitado por horrores inimaginables. Cada criatura, cada títere, monstruo y macabra creación, es un testamento al inigualable poder de esta forma de expresión artística.


3. Drive My Car

Ryusuke Hamaguchi no solo dirigió una, sino dos de las películas más excepcionales del año, la otra es la anteriormente mencionada Wheel of Fortune and Fantasy. No en balde muchos colegas han declarado el 2021 como el “Año de Hamaguchi”, aun cuando el cineasta japonés lleva haciendo largometrajes desde que cursaba la universidad, en el 2007, cuando filmó su propia versión del clásico Solaris. De hecho, las preocupaciones existencialistas de Andrei Tarkovsky coinciden orgánicamente con el argumento de este magistral drama en el que coexisten las sensibilidades de Haruki Murakami y Anton Chekhov. Hamaguchi logra que tres horas se sientan cortas con esta cautivante y reflexiva adaptación de un cuento de su famoso compatriota, acerca de cómo conciliamos nuestras relaciones más íntimas con los misterios que estas dejan atrás después de la muerte. El final, sacado directamente de Uncle Vanya, es una conmovedora preciosura.  


2. Licorice Pizza

Hay películas que nos hablan directamente, que aunque no reproducen nuestras vidas tal y como fueron, evocan recuerdos que parecen que nos fueron secuestrados de nuestras cabezas. Yo no viví en San Fernando Valley, California, en 1973. No fui actor, no vendí camas de agua ni tenía la labia de “Gary Valentine”, el carismático coprotagonista de este radiante filme del gran Paul Thomas Anderson, pero yo -al igual que él- sí me enamoré de una chica bastante mayor que yo. Él tiene 15 años; “Alana” -interpretada por la Alana Haim, en su fabuloso debut actoral-, tiene 25. Yo tenía 16 años; Désirée, 23, y aunque, como dije, nuestro continúo romance no se asemeja en prácticamente nada más, lo que Anderson capta sublimemente es ese “tira y hala” entre los sentimientos y la razón, entre lo “prohibido” y lo deseado, y la incomparable dicha de ese primer amor que nos repele y nos atrae como fuerza magnética. No hay una trama per se, sino más bien una serie de momentos bañados en ternura y nostalgia, que juntos quizá no sumarán algo trascendental en la filmografía de Anderson. Sin embargo, individualmente, me hicieron levitar en la sala.   


1. Memoria

De todos los largometrajes anteriormente mencionados, este es el único al que considero incapaz de hacerle justicia con meras palabras. Apenas podría describir la experiencia de verlo, algo recurrente en el prestigioso canon del cineasta tailandés Apichatpong Weerasethakul, cuyos galardonados trabajos había visto y disfrutado en el pasado, pero jamás a este nivel. Esta es la clase de película que nos reprograma el cerebro mientras agudiza los sentidos, que nos enseña a verla mientras la estamos viendo, si estamos dispuestos a escuchar. Sí, a escuchar, porque el diseño de sonido es algo descomunal, que arropa al espectador en un campo auditivo que conforma la médula de su propio argumento. La grandiosa Tilda Swinton interpreta a una mujer consternada por un recurrente sonido estruendoso que nadie más aparenta oír, por lo que emprende un viaje para descubrir su origen. Esa es la premisa, pero lo que acontece me resulta imposible de resumir, y mucho menos, explicar. Memoria es un meditativo trabajo profundamente humanista y de ilimitada ambición artística, que aspira a traducir lo etéreo e inconcebible a un lenguaje audiovisual, y lo logra con creces. Y más que cualquier otra película en este listado, esta es la más que merece ser vista dentro de la oscuridad de una sala de cine. Ojalá que algún día estrene por estos lares.

Posted by Mario Alegre Femenías

Nacido en Puerto Rico y criado en el cine, Mario Alegre Femenías se desempeña como crítico de cine desde el 2003. Sus héroes cinematográficos incluyen a David Lynch, Akira Kurosawa, Studio Ghibli y Mr. Miyagi. En su tiempo libre disfruta de los juegos de mesa, los videojuegos y educar a sus hijos "on the ways of the Force".

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