Sundance: “Flee” es un magistral documental animado

El filme explora los traumas de un refugiado homosexual afgano mediante un formidable uso del medio.

Hay tantas emociones compactadas en los 83 inolvidables minutos que comprende el documental Flee que a veces tuve que controlar el impulso de ponerlo en pausa. El director Jonas Poher Rasmussen recurre a un acercamiento similar al que utilizó en el 2008 su colega Ari Folman en Waltz with Bashir, haciendo uso de la animación para dar vida a los traumas del pasado de su sujeto. Rasmussen, sin embargo, también lo emplea a modo de filtro, no solo para esconder la identidad de este, sino para hacer tolerables algunos de los horrores más inimaginables. Pero no todo es tristeza -y es gracias a la belleza que emana de este ejercicio cuasi terapéutico- que el documental concluye en una nota agridulcemente esperanzadora.  

La animación también le permite al cineasta jugar con la verdad a medida que indaga en la trágica historia de “Amin”, nombre ficticio de un refugiado homosexual afgano, que huyo de su país a finales de la década del 80. Hoy, el hombre de 36 años es un exitoso académico radicado en Dinamarca, recién casado con su novio de varios años, pero la verdadera historia detrás de su exilio forzado es un secreto que esconde desde la infancia y que solo ahora se atreve a compartir con el mundo. Su desgarrador testimonio es filmado por Rasmussen como si, en efecto, se tratase de una sesión de terapia, acostándolo en una superficie con la cámara apuntada a su rostro desde una posición cenital. Fuera de algunos clips históricos y extractos de reportajes noticiosos, todo lo que observamos ha sido animado utilizando una técnica que, por instantes, parecería ser rotoscoping -similar a la usada por Richard Linklater en Waking Life– que consiste en dibujar sobre la imagen filmada. El efecto ofrece un distanciamiento de los amargos acontecimientos a la vez que, paradójicamente, también nos acercan al pasado de “Amin” que jamás fue grabado. 

Flee fue una de las primeras compras del Festival de Sundance, adquirido por Neon por alrededor de un millón de dólares. El estudio detrás de Parasite ha estado muy activo tras su triunfo en los Oscar, así que esperen ver este estupendo documental más tarde en el 2021, cuando seguramente lo empiecen a promover para las premiaciones del próximo año. 

Apuntes de Sundance – Día 3

En el 2012, cuando asistí al Festival de Toronto, logré ver seis películas en un solo día, récord que había mantenido hasta ayer, cuando vi siete. Definitivamente, verlas en el futón de mi sala facilitó esta banal hazaña, con el baño y la cocina a pies de distancia, así que la de Toronto continúa siendo más especial para mí. 

Mi sábado comenzó con una adición de última hora luego de ver las reacciones en las redes sociales del día anterior: On the Count of Three, primer largometraje del comediante Jerrod Carmichael, quien coprotagoniza esta oscurísima comedia junto a Christopher Abbot, como dos mejores amigos que pactan matarse mutuamente al final del día en el que transcurre la historia. El tipo de humor negro que escriben los guionistas Ari Katcher y Ryan Welch no será para todos los gustos, pero definitivamente apeló a mi paladar. Esta es la clase de tragicomedia en la que Sundance suele especializarse. 

Otra que logré exprimir en mi agenda fue la ópera prima de la artista argentina Amalia Ulman, titulada El planeta, acerca de una mujer y su mamá -interpretadas por Ulman y su madre- que intentan sobrevivir en España en plena crisis económica, dándose la buena vida antes de la inevitable debacle. Filmada en blanco y negro, Ulman canaliza los primeros filmes de Jim Jarmusch, particularmente en lo que respecta a su tipo de comedia “deadpan”, en la que tanto ella como su progenitora, Ale Ulman, se desempeñan muy bien. Seguí con Passing, otro debut directoral a cargo de la actriz Rebecca Hall, quien aterriza firmemente en el otro lado de la cámara en esta elegante adaptación de la novela homónima Nella Larsen, acerca de dos mujeres negras, una de ellas de piel más clara, que se hace pasar por blanca en el Nueva York de los 1920. Las actuaciones protagónicas de Ruth Negga y Tessa Thompson están estupendas, particularmente la segunda, así que no duden que esta la guardarán hasta el último trimestre del 2021 para que aspire al Oscar. 

El día de ayer también incluyó John and the Hole, una selección oficial del Festival de Cannes 2020 que nunca se logró exhibir por el Covid-19, que habita en la misma frecuencia fría y siniesta del cine de Michael Haneke y Yorgos Lanthimos. Dirigido por Pascual Sisto, la historia gira en torno a un adolescente que mantiene cautiva a su familia en un profundo agujero en el patio de su casa. Si me dejo llevar por las reacciones que he leído, estoy en la minoría que la encontró interesante, aunque entiendo cómo pudiese ser exasperante. Mi sábado concluyó en horas de la madrugada de hoy con Eight for Silver A Glitch in the Matrix, el primero un entretenido remix del mito del hombro a cargo de Sean Ellis (CashbackAnthropoid); y -el segundo- el más reciente documental de Rodney Ascher (Room 237), acerca de la teoría de que estamos viviendo en una simulación, material un tanto pesado para las 3:00 a.m.

Hoy, domingo, mi agenda incluye Strawberry Mansion, El perro que no callaMaydayThe Blazing World y -mi estreno más esperado del festival- Prisoners of the Ghostland, lo nuevo del director japonés Sion Sono (Love Exposure, Why Don’t Yo Play in Hell?), protagonizado por nada más y nada menos que NICOLAS CAGE. Estoy contando las horas.

Posted by Mario Alegre Femenías

Nacido en Puerto Rico y criado en el cine, Mario Alegre Femenías se desempeña como crítico de cine desde el 2003. Sus héroes cinematográficos incluyen a David Lynch, Akira Kurosawa, Studio Ghibli y Mr. Miyagi. En su tiempo libre disfruta de los juegos de mesa, los videojuegos y educar a sus hijos "on the ways of the Force".

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